LDB Arquitectura

Diálogos urbanos

Complementarios Las ciudades deben ofrecer espacios creados por la armonía entre las edificaciones

 

Un diálogo silencioso y mágico se percibe al admirar una pareja de patinadores artísticos que se deslizan sobre el hielo, o al observar la Creación de Adán , de Miguel Ángel; y ¿en arquitectura? Las casas y los monumentos también “conversan”, y parece que se entienden.

 

Grandes obras resultan magníficas por sus “diálogos”; tal es el caso de Teotihuacan (400 a. C. - 700 d. C.), que “pone a dialogar cerros con pirámides”, según el arquitecto mexicano Carlos Mijares.

 

Tanto los patinadores, La creación y Teotihuacan son obras conformadas por conjuntos. Estos superan la individualidad y generan “diálogos”, complementación. Así lo han comprendido en muchas ciudades en el mundo, donde el valor del diálogo urbano es una prioridad que alcanza una poesía colectiva.

 

Unidad y conjunto. En Costa Rica también se han construido diálogos entre edificaciones. Esta disposición se aleja del “individualismo” y se acerca al “colectivismo” urbano que deberíamos implantar en nuestras ciudades en el siglo XXI. En vez de “sumatorias de edificios y viviendas” aisladas entre sí, debemos obtener “sistemas urbanos” que integren a las sociedades.

 

Ya los conjuntos prehispánicos de Costa Rica muestran cómo convivían las edificaciones: en claro diálogo entre sí, y de las construcciones con el contexto natural.

 

Buenas muestras son el sistema hidráulico construido en Guayabo (1.000 a. C-1.400 d. C.) y sus calzadas Caragra y Palomo. Este sistema puede influir en la manera en que miramos nuestros cauces, y sus viejas calzadas nos motivan a seguir construyendo calles peatonales de calidad.

 

El espacio público es la amalgama entre los edificios circundantes. Un caso en San José es el espacio construido entre la avenida Central, la avenida 4 y la calle 17 (véase el diagrama). El comercio de la avenida Central se ha visto beneficiado desde que los peatones son quienes miran sus vitrinas, y no la gente desde sus autos.

 

Otro espacio “común” se halla en la avenida 4. Lo proyectaron el grupo San José Posible y la Municipalidad de San José. Aquí “conversan” la iglesia de La Soledad y los edificios ubicados en los laterales del paseo, como los edificios de la CCSS (Carlos Vinocour, 1966, y Alberto Linner, 1980) y el Colegio Señoritas (1888). La calle 17 vincula al Circuito Judicial (E. Gordienko y H. Arguedas, 1966) con el sector de la Asamblea Legislativa y beneficia los recorridos turísticos urbanos.

 

En Hatillo (San José), se compuso un conjunto de viviendas que contienen una amalgama en las alamedas. Estas evitan el ingreso de los automóviles dentro de las manzanas; además, generan un sistema de pequeñas y valiosas plazas públicas que merecen analizarse con mayor amplitud.

 

Creación urbana. En la capilla Sixtina, del Vaticano, Miguel Ángel mostró la riqueza compositiva de dos dedos índices apenas distanciados. Este valioso antecedente sugiere grandes relaciones en la arquitectura nuestras ciudades.

 

En San José, observamos dualidades como las que crean el templo Votivo (Raúl Goddard, 1976) y el MINAE. Ambos edificios generan una verticalidad que nace desde las pendientes de las cubiertas de esas obras y culminan apuntando al cielo. Esta disposición, dual y vertical, podría proyectarse en sitios que definen ingresos en las ciudades, como en la esquina nordeste de la Sabana, la zona de la Galera y el sector norte del barrio Tournón.

 

Las ciudades también pueden incluir obras que ofrezcan conjuntos gracias a sus formas distintas. Por ejemplo, en Curridabat, la verticalidad de la torre Vista Real (Manuel González, 1984) es contrastada con la horizontalidad del Colegio Federado de Ingenieros y de Arquitectos (Hernán Jiménez, 1982).

 

Desde que se inició la construcción de torres en el país, deben considerarse los equilibrios con las obras horizontales existentes y con las nuevas. Los futuros edificios han de diseñarse considerando los espacios intermedios entre ellos, y también previendo cómo afectarán al contexto (por ejemplo, sus amplias sombras).

 

Solitario. El español Rafael Moneo (ganador del premio Pritzker) comenta: “El trabajo del arquitecto algo tiene que ver con quien hace un solitario: la carta que se descubre debe dejar el juego hecho a otros que vengan detrás”. Según Mijares, ese accionar forja un diálogo que “comienza cuando la obra contribuye a que las características preexistentes en el sitio se subrayen, se descubran y se manifiesten”.

 

En Costa Rica, ciertas obras de arquitectura son esas cartas de solitario que podríamos jugar con mayor intensidad. La plaza de la Cultura (1983) es un claro ejemplo de una carta que se descubre cuando dialoga con la fachada norte del Teatro Nacional (1897).

 

En San Pedro de Montes de Oca hay “un solitario” de gran valor. Ricardo Legorreta inició ese conjunto cuando diseñó el restaurante Balalaika (2000). Esta “carta” fue secundada por el BCIE (2004), proyectado por Fausto Calderón, y replicada por Jaime Rouillón cuando remodeló el edificio de Legorreta para el Banco Lafise (2005). En Tournón, el mismo Calderón proyectó la fachada “mendelssohniana” del hoy HSBC (1996) y la dirigió hacia el Ministerio de Trabajo (Franz Beer y Jafet Segura, 1988).

 

Coloquios insinuados. En Costa Rica hay edificios con valores individuales que insinúan potenciales diálogos urbanos. En un futuro cercano, podrían crearse sistemas urbanos en el Parque Zoológico Simón Bolívar (1921) y sus alrededores; en el parque España y los edificios aledaños, y en zonas como Zapote.

 

La ciudad requiere de edificios que se complementen, más que de obras individuales, “egoístas”. Ejemplos positivos son la sapiencia climatológica que revelan los conjuntos en la Zona Sur, el lenguaje propio del paseo de los Turistas en Puntarenas, la presentación cromática de las fachadas de Cot de Cartago, la riqueza del conjunto en Guayabo, y los diálogos contemporáneos citados. Todos ellos revelan que nuestras ciudades pueden desarrollarse desde el “colectivismo urbano”.

 

La nueva arquitectura de Costa Rica debe dar prioridad al desarrollo de edificios que “se entiendan” entre sí, y crear conjuntos vinculados con nuestras riquezas naturales. Para lograrlo, resulta esencial fomentar los diálogos urbanos.

 

Luis Diego Barahona

La Nación

Costa Rica

2009

San José

Costa Rica

info@ldbarquitectura.com

(506) 22800670

2020

Complementarios Las ciudades deben ofrecer espacios creados por la armonía entre las edificaciones

 

Un diálogo silencioso y mágico se percibe al admirar una pareja de patinadores artísticos que se deslizan sobre el hielo, o al observar la Creación de Adán , de Miguel Ángel; y ¿en arquitectura? Las casas y los monumentos también “conversan”, y parece que se entienden.

 

Grandes obras resultan magníficas por sus “diálogos”; tal es el caso de Teotihuacan (400 a. C. - 700 d. C.), que “pone a dialogar cerros con pirámides”, según el arquitecto mexicano Carlos Mijares.

 

Tanto los patinadores, La creación y Teotihuacan son obras conformadas por conjuntos. Estos superan la individualidad y generan “diálogos”, complementación. Así lo han comprendido en muchas ciudades en el mundo, donde el valor del diálogo urbano es una prioridad que alcanza una poesía colectiva.

 

Unidad y conjunto. En Costa Rica también se han construido diálogos entre edificaciones. Esta disposición se aleja del “individualismo” y se acerca al “colectivismo” urbano que deberíamos implantar en nuestras ciudades en el siglo XXI. En vez de “sumatorias de edificios y viviendas” aisladas entre sí, debemos obtener “sistemas urbanos” que integren a las sociedades.

 

Ya los conjuntos prehispánicos de Costa Rica muestran cómo convivían las edificaciones: en claro diálogo entre sí, y de las construcciones con el contexto natural.

 

Buenas muestras son el sistema hidráulico construido en Guayabo (1.000 a. C-1.400 d. C.) y sus calzadas Caragra y Palomo. Este sistema puede influir en la manera en que miramos nuestros cauces, y sus viejas calzadas nos motivan a seguir construyendo calles peatonales de calidad.

 

El espacio público es la amalgama entre los edificios circundantes. Un caso en San José es el espacio construido entre la avenida Central, la avenida 4 y la calle 17 (véase el diagrama). El comercio de la avenida Central se ha visto beneficiado desde que los peatones son quienes miran sus vitrinas, y no la gente desde sus autos.

 

Otro espacio “común” se halla en la avenida 4. Lo proyectaron el grupo San José Posible y la Municipalidad de San José. Aquí “conversan” la iglesia de La Soledad y los edificios ubicados en los laterales del paseo, como los edificios de la CCSS (Carlos Vinocour, 1966, y Alberto Linner, 1980) y el Colegio Señoritas (1888). La calle 17 vincula al Circuito Judicial (E. Gordienko y H. Arguedas, 1966) con el sector de la Asamblea Legislativa y beneficia los recorridos turísticos urbanos.

 

En Hatillo (San José), se compuso un conjunto de viviendas que contienen una amalgama en las alamedas. Estas evitan el ingreso de los automóviles dentro de las manzanas; además, generan un sistema de pequeñas y valiosas plazas públicas que merecen analizarse con mayor amplitud.

 

Creación urbana. En la capilla Sixtina, del Vaticano, Miguel Ángel mostró la riqueza compositiva de dos dedos índices apenas distanciados. Este valioso antecedente sugiere grandes relaciones en la arquitectura nuestras ciudades.

 

En San José, observamos dualidades como las que crean el templo Votivo (Raúl Goddard, 1976) y el MINAE. Ambos edificios generan una verticalidad que nace desde las pendientes de las cubiertas de esas obras y culminan apuntando al cielo. Esta disposición, dual y vertical, podría proyectarse en sitios que definen ingresos en las ciudades, como en la esquina nordeste de la Sabana, la zona de la Galera y el sector norte del barrio Tournón.

 

Las ciudades también pueden incluir obras que ofrezcan conjuntos gracias a sus formas distintas. Por ejemplo, en Curridabat, la verticalidad de la torre Vista Real (Manuel González, 1984) es contrastada con la horizontalidad del Colegio Federado de Ingenieros y de Arquitectos (Hernán Jiménez, 1982).

 

Desde que se inició la construcción de torres en el país, deben considerarse los equilibrios con las obras horizontales existentes y con las nuevas. Los futuros edificios han de diseñarse considerando los espacios intermedios entre ellos, y también previendo cómo afectarán al contexto (por ejemplo, sus amplias sombras).

 

Solitario. El español Rafael Moneo (ganador del premio Pritzker) comenta: “El trabajo del arquitecto algo tiene que ver con quien hace un solitario: la carta que se descubre debe dejar el juego hecho a otros que vengan detrás”. Según Mijares, ese accionar forja un diálogo que “comienza cuando la obra contribuye a que las características preexistentes en el sitio se subrayen, se descubran y se manifiesten”.

 

En Costa Rica, ciertas obras de arquitectura son esas cartas de solitario que podríamos jugar con mayor intensidad. La plaza de la Cultura (1983) es un claro ejemplo de una carta que se descubre cuando dialoga con la fachada norte del Teatro Nacional (1897).

 

En San Pedro de Montes de Oca hay “un solitario” de gran valor. Ricardo Legorreta inició ese conjunto cuando diseñó el restaurante Balalaika (2000). Esta “carta” fue secundada por el BCIE (2004), proyectado por Fausto Calderón, y replicada por Jaime Rouillón cuando remodeló el edificio de Legorreta para el Banco Lafise (2005). En Tournón, el mismo Calderón proyectó la fachada “mendelssohniana” del hoy HSBC (1996) y la dirigió hacia el Ministerio de Trabajo (Franz Beer y Jafet Segura, 1988).

 

Coloquios insinuados. En Costa Rica hay edificios con valores individuales que insinúan potenciales diálogos urbanos. En un futuro cercano, podrían crearse sistemas urbanos en el Parque Zoológico Simón Bolívar (1921) y sus alrededores; en el parque España y los edificios aledaños, y en zonas como Zapote.

 

La ciudad requiere de edificios que se complementen, más que de obras individuales, “egoístas”. Ejemplos positivos son la sapiencia climatológica que revelan los conjuntos en la Zona Sur, el lenguaje propio del paseo de los Turistas en Puntarenas, la presentación cromática de las fachadas de Cot de Cartago, la riqueza del conjunto en Guayabo, y los diálogos contemporáneos citados. Todos ellos revelan que nuestras ciudades pueden desarrollarse desde el “colectivismo urbano”.

 

La nueva arquitectura de Costa Rica debe dar prioridad al desarrollo de edificios que “se entiendan” entre sí, y crear conjuntos vinculados con nuestras riquezas naturales. Para lograrlo, resulta esencial fomentar los diálogos urbanos.