Luis Diego Barahona

La Nación / 17.02.08

LDB Arquitectura

Vacío Irradiado

La Casa Altamira es una búsqueda que tiende a gravitar en torno al silencio y el vacío que rehuye de los aglomerados centros urbanos. Su diseño libre explora el paisaje y el entorno costarricense y respira con el aire y la energía del entorno, creando así un umbral dialéctico entre el adentro y el afuera.

 

Búsquedas vinculadas.

Distantes del ritmo intenso de los grandes centros urbanos, tres regiones han visto nacer rigurosas obras arquitectónicas que aprecian el silencio, el vacío y el paisaje. Tal es el caso de las catalanas: Olot (definida por su riquezas paisajísticas) y Ripoll (determinada por sus antiguas actividades metalúrgicas);

y Ciudad Colón en Costa Rica (caracterizada por sus topografías abruptas).

 

En Olot, surge la excepcional firma RCR Arquitectes -conformada por Rafael Aranda, Carme Pigem y Ramón Vilalta-, quienes han desarrollado obras rigurosas en su técnica, conceptuales en su espacialidad y poéticas en su materialidad.

 

RCR ha compartido la búsqueda de una arquitectura conceptual que –como cita el arquitecto y crítico catalán Josep Maria Montaner- se han dedicado a

“reinterpretar pacientemente el lugar, su paisaje y sus materiales”.

 

Dicha firma cuenta con obras de gran factura como: la Carpa en el Restaurante Les Cols (Olot, 2011), el Espacio Público Teatro la Lira en Ripoll (Ripoll, 2011) y la Guardería El Petit Comte (Besalú, 2010). En éstas dos últimas contaron con la coautoría del arquitecto Joan Puigcorbé, quien recién construyó en Costa Rica la Casa Altamira (Ciudad Colón, 2012) en colaboración con la arquitecta Carolina Pizarro.

 

Nuevos límites.

 

La Casa Altamira se encuentra en una ladera con visuales hacia el norte, mide 802 m2 de construcción y se adapta al terreno con paredes irradiadas desde

el vestíbulo, estrategia compositiva similar a la que empleó Puigcorbé en la Casa en Campelles (2004). Los cerramientos se fugan hacia el paisaje y definen

la zonificación conformada por dos conjuntos de espacios irradiados desde el vestíbulo. Un conjunto contiene cinco espacios y el otro siete.

 

El paisaje está presente en la mayoría de sus espacios, donde cada aposento – excepto el dormitorio de servicio- cuenta con una vinculación con la naturaleza inmediata, lo cual diluye los límites con el paisaje.

 

Estos se fusionan en la sala y terraza -al frente del vestíbulo-, y se diluyen hacia la ladera donde se encuentra una especie de anfiteatro natural. La obra, que a manera del “Cuadrado Negro” de Kazimir Malévich –por su claridad conceptual y contundencia cromática- va incorporando texturas y potenciando las sombras de los árboles. Esta situación trae a la memoria “Las Arboledas” (México D.F., 1959) de Luis Barragán y el Carlos Jiménez

Studio (en proceso desde 1983) de Carlos Jiménez.

 

El paisaje está presente en la mayoría de sus espacios, donde cada aposento –excepto el dormitorio de servicio- cuenta con una vinculación con la naturaleza inmediata, lo cual diluye los límites con el paisaje. Esta situación convierte la relación de la vivienda con la naturaleza, en una fluida e íntima conexión espacial influenciada en obras exquisitas, como la arquitectura de Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa / SANAA.

 

Arte contundente.

 

La Casa Altamira fue creada para la venta, sin un cliente específico. Esta situación le permitió al autor concebirla como un manifiesto teórico arquitectónico que incluye temáticas analizadas en conjunto con RCR. Por ejemplo, la obra suma al debate sobre sí caracterizar ciertos espacios como minimalistas.

 

Según Montaner, en el caso de RCR, ellos no construyen obras para lograr el “eterno presente”, sino que “el tiempo se ven en las superficies”, al tiempo

que remiten a la “memoria del lugar”, como el caso del excelente Espacio Público Teatro la Lira. En el caso de la Casa Altamira hay un dinamismo en la planta de aparente repetición minimalista, pero es más que un dinamismo que la acerca al mundo de las energías. Aun así, podríamos valorar un acercamiento al minimalismo y al Site-Specifity Art, por ejemplo en el volumen puro y exquisito de la piscina que recuerda el Schunnemunk Fork (New York, 1991) de Richard Serra. En el caso de RCR, Montaner agrega que hay “una intención fenomenológica, alejada de la pasividad contemplativa Zen”, situación que se extienda a la obra de Puigcorbé.

 

Asimismo, en la Casa Altamira participaron el escultor español Domènec Batalla y la artista pictórica japonesa Chikako Taketani. El primero propuso

dos obras metálicas de colores cálidos. Una es el “Pensador”, obra naranja que remite a los volcanes costarricenses y la cual está en el espacio que funge como pivote del recorrido entre el acceso y el vestíbulo. Esta recuerda –por ubicación y calidad reflexiva- a “La Mañana” de Georg Kolbe, ubicada en el Pabellón de Barcelona de Mies van der Rohe.

 

La segunda escultura de Batalla se encuentra en el exterior, cerca de la piscina. Esta obra se titula “Musa”, es de color amarillo y remite a la intensidad del sol en el país centroamericano. En el caso de Taketani realizó la obra “Canción de viento”, la cual remite a los cambios diarios del ambiente en Costa Rica. Ambos autores –Batalla y Taketani- emplean de fondo de sus obras el negro propio de la vivienda.

 

Mobiliario surrealista.

 

Como si se tratase del Gato de Cheshire, los sanitarios Lagares de RCR arquitectes desaparecen en las paredes del baño. Este mobiliario surrealista se encuentra incluido en la Casa Altamira y recuerda –según Montaner- el diseño industrial de Ray y Charles Eames y de Mary y Russel Wright. A su vez, los muebles de cocina de la Casa Altamira fueron diseñados por Puigcorbé y se caracterizan por su contundencia conceptual, rigurosidad estructural y carácter etéreo. Dichos mobiliarios destaca por su pureza y superficies negras pulidas, continuas y horizontales. Estas recuerdan los diseños “etéreos” de SANAA y la disolución de los límites en las superficies de la arquitectura de David Chipperfield, así como la integralidad y minuciosidad de los diseños de Carlo Scarpa.

 

Luz sobre negro.

 

La Casa Altamira lleva a los límites el negro. La casa desaparece la materia y crea una atmósfera de gran calidad arquitectónica, la cual es enriquecida

por materiales, reflejos y texturas. Los baños, por ejemplo, presentan superficies negras iluminados con luz cenital. Esta composición sensorial produce reflejos exquisitos del usuario, acercándose sutilmente al Tenebrismo Español. Es un diseño interno e intenso, a la manera de obras pictóricas como las de El Greco y de Juan Sánchez Cotán.

 

A su vez, los baños hacen que el usuario no solo se duche, sino que también se bañe con luz natural. En el espacio interno, Puigcorbé también genera líneas de luz que van sisando los cielos rasos o plafones. Esta geometría lumínica provoca que resuene en nuestra memoria los espacios mostrados

en la película muda “El gabinete del doctor Caligari” (Robert Wiene, 1920), emblema del extraordinario Cine Expresionista Alemán.

 

Las superficies de piedra basáltica negra remiten a los volcanes y su colocación reticular contrasta con la organicidad de su misma superficie. El negro es una especie de descompresión para volver a percibir -de una manera nueva- el espacio y el paisaje. Esta situación recuerda la percepción interna dentro de las grutas naturales, al tiempo que trae a colación la obra de Mies van der Rohe en Barcelona, donde la veta orgánica del mármol contrasta con los cortes ortogonales de los paneles.

 

Alegría del vacío.

 

Montaner afirma que “vista con la perspectiva del tiempo, la obra de RCR constituye una de las reflexiones y realizaciones contemporáneas más profundas sobre el espacio arquitectónico”. Y es que en las obras de RCR y Puigcorbé los espacios arquitectónicos son redefinidos por el vacío que se desmaterializa. Esta situación genera espacios alegres y flexibles, como en el Espacio Público Teatro La Lira. Dichas atmósferas de silencio se acercan a la riqueza destilada de la arquitectura de Peter Zumthor y a los vacíos presentes

en las obras de Jorge de Oteíza.

 

En el caso de la Casa Altamira, Puigcorbé crea un espacio conformado por 26 gradas que se fugan hacia el paisaje. Es un espacio donde el vacío reconstruye la percepción y redefine la manera de interpretar esta conexión entre afuera y adentro. Asimismo, esta vivienda incluye tres zonas de agua (al ingreso, adjunto al comedor y la piscina), las cuales invitan a una reflexión sensorial, más que racional. Un lugar culminante del proyecto es el comedor para 14 personas, donde el espacio casi monástico, vincula no solo la casa con el paisaje, sino que relaciona el ser humano con la felicidad por medio del vacío y la ausencia.

 

Luis Diego Barahona

Arquitecto y Máster en la UPC (Barcelona). Fundador de Líneas. Autor de cinco libros y organizador de 7 congresos. Fue director de Habitar y presidente de la Junta Directiva del MADC. Colaborador de La Nación, Arquitectura Viva y Arquine. Delegado de la BIAU 2010. Director del "Plan de Renovación Barrio Escalante". Profesor en la Universidad Latina y conferencista en Costa Rica, Guatemala, Colombia y España. Su obra ha sido publicada en Costa Rica, Ecuador, Argentina, República Dominicana y China.

Luis Diego Barahona

Domus

Costa Rica

2013

San José

Costa Rica

info@ldbarquitectura.com

(506) 22800670

2020

La Casa Altamira es una búsqueda que tiende a gravitar en torno al silencio y el vacío que rehuye de los aglomerados centros urbanos. Su diseño libre explora el paisaje y el entorno costarricense y respira con el aire y la energía del entorno, creando así un umbral dialéctico entre el adentro y el afuera.

 

Búsquedas vinculadas.

Distantes del ritmo intenso de los grandes centros urbanos, tres regiones han visto nacer rigurosas obras arquitectónicas que aprecian el silencio, el vacío y el paisaje. Tal es el caso de las catalanas: Olot (definida por su riquezas paisajísticas) y Ripoll (determinada por sus antiguas actividades metalúrgicas);

y Ciudad Colón en Costa Rica (caracterizada por sus topografías abruptas).

 

En Olot, surge la excepcional firma RCR Arquitectes -conformada por Rafael Aranda, Carme Pigem y Ramón Vilalta-, quienes han desarrollado obras rigurosas en su técnica, conceptuales en su espacialidad y poéticas en su materialidad.

 

RCR ha compartido la búsqueda de una arquitectura conceptual que –como cita el arquitecto y crítico catalán Josep Maria Montaner- se han dedicado a

“reinterpretar pacientemente el lugar, su paisaje y sus materiales”.

 

Dicha firma cuenta con obras de gran factura como: la Carpa en el Restaurante Les Cols (Olot, 2011), el Espacio Público Teatro la Lira en Ripoll (Ripoll, 2011) y la Guardería El Petit Comte (Besalú, 2010). En éstas dos últimas contaron con la coautoría del arquitecto Joan Puigcorbé, quien recién construyó en Costa Rica la Casa Altamira (Ciudad Colón, 2012) en colaboración con la arquitecta Carolina Pizarro.

 

Nuevos límites.

 

La Casa Altamira se encuentra en una ladera con visuales hacia el norte, mide 802 m2 de construcción y se adapta al terreno con paredes irradiadas desde

el vestíbulo, estrategia compositiva similar a la que empleó Puigcorbé en la Casa en Campelles (2004). Los cerramientos se fugan hacia el paisaje y definen

la zonificación conformada por dos conjuntos de espacios irradiados desde el vestíbulo. Un conjunto contiene cinco espacios y el otro siete.

 

El paisaje está presente en la mayoría de sus espacios, donde cada aposento – excepto el dormitorio de servicio- cuenta con una vinculación con la naturaleza inmediata, lo cual diluye los límites con el paisaje.

 

Estos se fusionan en la sala y terraza -al frente del vestíbulo-, y se diluyen hacia la ladera donde se encuentra una especie de anfiteatro natural. La obra, que a manera del “Cuadrado Negro” de Kazimir Malévich –por su claridad conceptual y contundencia cromática- va incorporando texturas y potenciando las sombras de los árboles. Esta situación trae a la memoria “Las Arboledas” (México D.F., 1959) de Luis Barragán y el Carlos Jiménez

Studio (en proceso desde 1983) de Carlos Jiménez.

 

El paisaje está presente en la mayoría de sus espacios, donde cada aposento –excepto el dormitorio de servicio- cuenta con una vinculación con la naturaleza inmediata, lo cual diluye los límites con el paisaje. Esta situación convierte la relación de la vivienda con la naturaleza, en una fluida e íntima conexión espacial influenciada en obras exquisitas, como la arquitectura de Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa / SANAA.

 

Arte contundente.

 

La Casa Altamira fue creada para la venta, sin un cliente específico. Esta situación le permitió al autor concebirla como un manifiesto teórico arquitectónico que incluye temáticas analizadas en conjunto con RCR. Por ejemplo, la obra suma al debate sobre sí caracterizar ciertos espacios como minimalistas.

 

Según Montaner, en el caso de RCR, ellos no construyen obras para lograr el “eterno presente”, sino que “el tiempo se ven en las superficies”, al tiempo

que remiten a la “memoria del lugar”, como el caso del excelente Espacio Público Teatro la Lira. En el caso de la Casa Altamira hay un dinamismo en la planta de aparente repetición minimalista, pero es más que un dinamismo que la acerca al mundo de las energías. Aun así, podríamos valorar un acercamiento al minimalismo y al Site-Specifity Art, por ejemplo en el volumen puro y exquisito de la piscina que recuerda el Schunnemunk Fork (New York, 1991) de Richard Serra. En el caso de RCR, Montaner agrega que hay “una intención fenomenológica, alejada de la pasividad contemplativa Zen”, situación que se extienda a la obra de Puigcorbé.

 

Asimismo, en la Casa Altamira participaron el escultor español Domènec Batalla y la artista pictórica japonesa Chikako Taketani. El primero propuso

dos obras metálicas de colores cálidos. Una es el “Pensador”, obra naranja que remite a los volcanes costarricenses y la cual está en el espacio que funge como pivote del recorrido entre el acceso y el vestíbulo. Esta recuerda –por ubicación y calidad reflexiva- a “La Mañana” de Georg Kolbe, ubicada en el Pabellón de Barcelona de Mies van der Rohe.

 

La segunda escultura de Batalla se encuentra en el exterior, cerca de la piscina. Esta obra se titula “Musa”, es de color amarillo y remite a la intensidad del sol en el país centroamericano. En el caso de Taketani realizó la obra “Canción de viento”, la cual remite a los cambios diarios del ambiente en Costa Rica. Ambos autores –Batalla y Taketani- emplean de fondo de sus obras el negro propio de la vivienda.

 

Mobiliario surrealista.

 

Como si se tratase del Gato de Cheshire, los sanitarios Lagares de RCR arquitectes desaparecen en las paredes del baño. Este mobiliario surrealista se encuentra incluido en la Casa Altamira y recuerda –según Montaner- el diseño industrial de Ray y Charles Eames y de Mary y Russel Wright. A su vez, los muebles de cocina de la Casa Altamira fueron diseñados por Puigcorbé y se caracterizan por su contundencia conceptual, rigurosidad estructural y carácter etéreo. Dichos mobiliarios destaca por su pureza y superficies negras pulidas, continuas y horizontales. Estas recuerdan los diseños “etéreos” de SANAA y la disolución de los límites en las superficies de la arquitectura de David Chipperfield, así como la integralidad y minuciosidad de los diseños de Carlo Scarpa.

 

Luz sobre negro.

 

La Casa Altamira lleva a los límites el negro. La casa desaparece la materia y crea una atmósfera de gran calidad arquitectónica, la cual es enriquecida

por materiales, reflejos y texturas. Los baños, por ejemplo, presentan superficies negras iluminados con luz cenital. Esta composición sensorial produce reflejos exquisitos del usuario, acercándose sutilmente al Tenebrismo Español. Es un diseño interno e intenso, a la manera de obras pictóricas como las de El Greco y de Juan Sánchez Cotán.

 

A su vez, los baños hacen que el usuario no solo se duche, sino que también se bañe con luz natural. En el espacio interno, Puigcorbé también genera líneas de luz que van sisando los cielos rasos o plafones. Esta geometría lumínica provoca que resuene en nuestra memoria los espacios mostrados

en la película muda “El gabinete del doctor Caligari” (Robert Wiene, 1920), emblema del extraordinario Cine Expresionista Alemán.

 

Las superficies de piedra basáltica negra remiten a los volcanes y su colocación reticular contrasta con la organicidad de su misma superficie. El negro es una especie de descompresión para volver a percibir -de una manera nueva- el espacio y el paisaje. Esta situación recuerda la percepción interna dentro de las grutas naturales, al tiempo que trae a colación la obra de Mies van der Rohe en Barcelona, donde la veta orgánica del mármol contrasta con los cortes ortogonales de los paneles.

 

Alegría del vacío.

 

Montaner afirma que “vista con la perspectiva del tiempo, la obra de RCR constituye una de las reflexiones y realizaciones contemporáneas más profundas sobre el espacio arquitectónico”. Y es que en las obras de RCR y Puigcorbé los espacios arquitectónicos son redefinidos por el vacío que se desmaterializa. Esta situación genera espacios alegres y flexibles, como en el Espacio Público Teatro La Lira. Dichas atmósferas de silencio se acercan a la riqueza destilada de la arquitectura de Peter Zumthor y a los vacíos presentes

en las obras de Jorge de Oteíza.

 

En el caso de la Casa Altamira, Puigcorbé crea un espacio conformado por 26 gradas que se fugan hacia el paisaje. Es un espacio donde el vacío reconstruye la percepción y redefine la manera de interpretar esta conexión entre afuera y adentro. Asimismo, esta vivienda incluye tres zonas de agua (al ingreso, adjunto al comedor y la piscina), las cuales invitan a una reflexión sensorial, más que racional. Un lugar culminante del proyecto es el comedor para 14 personas, donde el espacio casi monástico, vincula no solo la casa con el paisaje, sino que relaciona el ser humano con la felicidad por medio del vacío y la ausencia.

 

Luis Diego Barahona

Arquitecto y Máster en la UPC (Barcelona). Fundador de Líneas. Autor de cinco libros y organizador de 7 congresos. Fue director de Habitar y presidente de la Junta Directiva del MADC. Colaborador de La Nación, Arquitectura Viva y Arquine. Delegado de la BIAU 2010. Director del "Plan de Renovación Barrio Escalante". Profesor en la Universidad Latina y conferencista en Costa Rica, Guatemala, Colombia y España. Su obra ha sido publicada en Costa Rica, Ecuador, Argentina, República Dominicana y China.