Luis Diego Barahona

La Nación / 17.02.08

LDB Arquitectura

Concreto conciliado

Cuando Juan XXIII convocó el Concilio Vaticano II (1962-1965) no imaginó la trascendencia en la arquitectura que traerían las reformas definidas en este magno evento. Dicho pontífice –y posteriormente Pablo VI- buscaron adaptar la disciplina eclesiástica a las necesidades y métodos de ese entonces. Para lograrlo, generaron declaraciones de gran envergadura como Dignitatis Humanae.

 

Éste y otros manifiestos replantearon el diseño de las iglesias en el mundo. Ya ocho años antes, Le Corbusier liberaba la planta arquitectónica de las tradicionales disposiciones en Notre Dame du Haut (Le Ronchamp, 1954). Asimismo, en 1953, Luis Barragán y Mathias Goeritz exploraron la intensidad cromática por medio de la luz en las Capillas de las Capuchinas en Tlalpán (México). Ambas anteceden las obras destinadas al culto que van incorporando la herencia del Concilio Vaticano II.

 

En Centroamérica, Rubén Martínez experimentaba en 1964 las disposiciones definidas por éste concilio, situación que generó el diseño de la Iglesia El Rosario de San Salvador (El Salvador, 1971).  A su vez, en Costa Rica, destaca por sus calidades programáticas, constructivas y espaciales la Iglesia de Nuestra Señora de Fátima de Alberto Linner, la cual está ubicada en el Barrio Los Yoses -al este de San José-.

 

Iglesia de Fátima. Esta última es conocida como la Iglesia de Fátima, la cual fue consagrada el 19 de marzo de 1970. Dicho templo se inserta en un conjunto, donde es parte también un convento de los Frailes Carmelitas Descalzos. La escala modesta y potente simbolismo vinculan la arquitectura con los profundos ideales de austeridad y sencillez que en el siglo XVI manifestaron Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.

 

Ubicada al este de la ciudad de San José (9°55'45.19"N; 84° 3'30.05"O), ésta iglesia dialoga con las construcciones del barrio originales, especialmente viviendas unifamilares, las cuales presentan influencia del estilo internacional y las Case Study Houses. Un ejemplo notorio de estas viviendas es la Casa Maroto (1953) del arquitecto Enrique Maroto.

 

En el caso de la Iglesia de Fátima, ésta remata un tramo de la Avenida 10A, eje urbano evidenciado en los pliegues de la fachada principal del templo. El conjunto se dispone de oeste a este y es conformado por: la iglesia, un patio, el convento y un estacionamiento.  En la parte norte del patio un conector de color blanco vincula el convento con el sector de los confesionarios de la iglesia.

 

El arquitecto incluyó varias modificaciones planteadas en el Concilio Vaticano II, el cual según el autor “repercute totalmente” en el diseño, como en el caso específico del presbiterio. Dicha situación le impregna a la obra una intensidad contemporánea, simbólica y funcional.

 

El arquitecto Linner, en conjunto con el Padre Pascual Bertrán generaron un espacio tripartito conformado por el altar, la pila bautismal y el tabernáculo. El arquitecto comenta que “el sagrario es el eje vital de cualquier iglesia” y en el caso de la Iglesia de Fátima, éste se desplaza hacia el norte, en dirección a una de los dos accesos principales.

 

Estos ingresos principales –celebrados con cubiertas de 6 metros de voladizo en concreto expuesto- evitan el artificio de colocar mamparas –como es común en iglesias con accesos en el eje central-.  A su vez, éste eje parte de la pila baustimal hacia uno de los accesos principales y divide la nave del sector donde están los cuatro confesionarios.

 

La iglesia con capacidad para 400 feligreses, incluye dos accesos laterales –al norte y al sur- y un acceso interno desde el convento. El acceso norte comunica al eje donde se desarrollan por un lado los confesionarios y por otro el oratorio, la sacristía y la bodega. El acceso sur vincula los jardines exteriores con el ambón.

 

La austeridad arquitectónica sobresale por medio de un concreto “desnudo”, el cual celebra el espacio por medio de la plasticidad de los muros alabeados. Estos cerramientos y el resto de la estructura del proyecto fue calculada por el reconocido y desaparecido ingeniero Franz Sauter.  Asimismo, la potencia expresiva recuerda la plasticidad empleada por Le Corbusier en varias de sus reconocidas obras.

 

Entre arquitecto e ingeniero idearon los “anillos estructurales” que amarran las paredes en su perímetro –tanto arriba como abajo-.  Estas llegan a medir -en unos casos- 23 metros de altura y presentan un contrafuerte en la parte posterior de la iglesia.

 

La textura original del concreto es lograda por una formaleta ideada por Linner, la cual es conformada por esteras de caña conseguidas en Guanacaste.  Esto generó una textura “tangible y dialogante” según expresa el autor.

 

La geometría en planta contiene una base con aristas triangulares y en cubierta se sintetiza en formas ortogonales, situación que crea el alabeo de los muros. Algo similar ocurre en los pequeños muros internos entre los confesionarios y la nave.  Estos tienen una base romboidea y suben hacia una figura cuadrada en su parte alta. Ambas muros internos se construyeron en concreto pulido, el cual evidencia –al igual que el resto de la obra- la dedicación artesanal y gran compromiso constructivo.

 

El artífice de la construcción fue Adolfo Vargas –alias Popín-, quien durante un año llevó a cabo la ejecución del proyecto. La obra incluye además, vidrios soplados traídos de México, los cuales –según Linner- “tiñen de colores profundos los muros en concreto”.

 

Aparte de los vitrales, se insertó color en dos puntos específicos: el piso y las bancas. Ambos por medio de materiales constructivos cálidos y llanos. El piso con losetas de barro –material austero vinculante a la tierra- y las bancas –diseñadas por Linner- en madera Surá.

 

A su vez, los confesionarios brindan calidez al espacio interno que se enriquece de las aberturas cuadradas en la fachada norte, que recuerdan las reflexiones de la arquitectura mexicana –país donde estudió el arquitecto- e incluyó esculturas creadas con monedas salvadoreños.

 

En el exterior una abertura recuerda donde estaba previsto colocar la campana que los vecinos se opusieron en su momento.  Ahora éste vacío enmarca el cielo, acentúa una obra austera y concilia el concreto con la luz, al tiempo que propicia la reflexión dentro de la “noche pasiva” que mencionaba San Juan de la Cruz.

Luis Diego Barahona

Domus

Costa Rica

2014

San José

Costa Rica

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(506) 22800670

2020

Cuando Juan XXIII convocó el Concilio Vaticano II (1962-1965) no imaginó la trascendencia en la arquitectura que traerían las reformas definidas en este magno evento. Dicho pontífice –y posteriormente Pablo VI- buscaron adaptar la disciplina eclesiástica a las necesidades y métodos de ese entonces. Para lograrlo, generaron declaraciones de gran envergadura como Dignitatis Humanae.

 

Éste y otros manifiestos replantearon el diseño de las iglesias en el mundo. Ya ocho años antes, Le Corbusier liberaba la planta arquitectónica de las tradicionales disposiciones en Notre Dame du Haut (Le Ronchamp, 1954). Asimismo, en 1953, Luis Barragán y Mathias Goeritz exploraron la intensidad cromática por medio de la luz en las Capillas de las Capuchinas en Tlalpán (México). Ambas anteceden las obras destinadas al culto que van incorporando la herencia del Concilio Vaticano II.

 

En Centroamérica, Rubén Martínez experimentaba en 1964 las disposiciones definidas por éste concilio, situación que generó el diseño de la Iglesia El Rosario de San Salvador (El Salvador, 1971).  A su vez, en Costa Rica, destaca por sus calidades programáticas, constructivas y espaciales la Iglesia de Nuestra Señora de Fátima de Alberto Linner, la cual está ubicada en el Barrio Los Yoses -al este de San José-.

 

Iglesia de Fátima. Esta última es conocida como la Iglesia de Fátima, la cual fue consagrada el 19 de marzo de 1970. Dicho templo se inserta en un conjunto, donde es parte también un convento de los Frailes Carmelitas Descalzos. La escala modesta y potente simbolismo vinculan la arquitectura con los profundos ideales de austeridad y sencillez que en el siglo XVI manifestaron Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.

 

Ubicada al este de la ciudad de San José (9°55'45.19"N; 84° 3'30.05"O), ésta iglesia dialoga con las construcciones del barrio originales, especialmente viviendas unifamilares, las cuales presentan influencia del estilo internacional y las Case Study Houses. Un ejemplo notorio de estas viviendas es la Casa Maroto (1953) del arquitecto Enrique Maroto.

 

En el caso de la Iglesia de Fátima, ésta remata un tramo de la Avenida 10A, eje urbano evidenciado en los pliegues de la fachada principal del templo. El conjunto se dispone de oeste a este y es conformado por: la iglesia, un patio, el convento y un estacionamiento.  En la parte norte del patio un conector de color blanco vincula el convento con el sector de los confesionarios de la iglesia.

 

El arquitecto incluyó varias modificaciones planteadas en el Concilio Vaticano II, el cual según el autor “repercute totalmente” en el diseño, como en el caso específico del presbiterio. Dicha situación le impregna a la obra una intensidad contemporánea, simbólica y funcional.

 

El arquitecto Linner, en conjunto con el Padre Pascual Bertrán generaron un espacio tripartito conformado por el altar, la pila bautismal y el tabernáculo. El arquitecto comenta que “el sagrario es el eje vital de cualquier iglesia” y en el caso de la Iglesia de Fátima, éste se desplaza hacia el norte, en dirección a una de los dos accesos principales.

 

Estos ingresos principales –celebrados con cubiertas de 6 metros de voladizo en concreto expuesto- evitan el artificio de colocar mamparas –como es común en iglesias con accesos en el eje central-.  A su vez, éste eje parte de la pila baustimal hacia uno de los accesos principales y divide la nave del sector donde están los cuatro confesionarios.

 

La iglesia con capacidad para 400 feligreses, incluye dos accesos laterales –al norte y al sur- y un acceso interno desde el convento. El acceso norte comunica al eje donde se desarrollan por un lado los confesionarios y por otro el oratorio, la sacristía y la bodega. El acceso sur vincula los jardines exteriores con el ambón.

 

La austeridad arquitectónica sobresale por medio de un concreto “desnudo”, el cual celebra el espacio por medio de la plasticidad de los muros alabeados. Estos cerramientos y el resto de la estructura del proyecto fue calculada por el reconocido y desaparecido ingeniero Franz Sauter.  Asimismo, la potencia expresiva recuerda la plasticidad empleada por Le Corbusier en varias de sus reconocidas obras.

 

Entre arquitecto e ingeniero idearon los “anillos estructurales” que amarran las paredes en su perímetro –tanto arriba como abajo-.  Estas llegan a medir -en unos casos- 23 metros de altura y presentan un contrafuerte en la parte posterior de la iglesia.

 

La textura original del concreto es lograda por una formaleta ideada por Linner, la cual es conformada por esteras de caña conseguidas en Guanacaste.  Esto generó una textura “tangible y dialogante” según expresa el autor.

 

La geometría en planta contiene una base con aristas triangulares y en cubierta se sintetiza en formas ortogonales, situación que crea el alabeo de los muros. Algo similar ocurre en los pequeños muros internos entre los confesionarios y la nave.  Estos tienen una base romboidea y suben hacia una figura cuadrada en su parte alta. Ambas muros internos se construyeron en concreto pulido, el cual evidencia –al igual que el resto de la obra- la dedicación artesanal y gran compromiso constructivo.

 

El artífice de la construcción fue Adolfo Vargas –alias Popín-, quien durante un año llevó a cabo la ejecución del proyecto. La obra incluye además, vidrios soplados traídos de México, los cuales –según Linner- “tiñen de colores profundos los muros en concreto”.

 

Aparte de los vitrales, se insertó color en dos puntos específicos: el piso y las bancas. Ambos por medio de materiales constructivos cálidos y llanos. El piso con losetas de barro –material austero vinculante a la tierra- y las bancas –diseñadas por Linner- en madera Surá.

 

A su vez, los confesionarios brindan calidez al espacio interno que se enriquece de las aberturas cuadradas en la fachada norte, que recuerdan las reflexiones de la arquitectura mexicana –país donde estudió el arquitecto- e incluyó esculturas creadas con monedas salvadoreños.

 

En el exterior una abertura recuerda donde estaba previsto colocar la campana que los vecinos se opusieron en su momento.  Ahora éste vacío enmarca el cielo, acentúa una obra austera y concilia el concreto con la luz, al tiempo que propicia la reflexión dentro de la “noche pasiva” que mencionaba San Juan de la Cruz.